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Las tripas de La Naranja Mecánica

La violencia como tema central de una historia. Esta frase tan contundente sería el resumen de la entrada de hoy, que nos da pie para refrescar la memoria sobre un personaje a la vez odiado y querido. El que os escribe odia las celebraciones marcadas por el calendario -malditos yanquis por inventar el 14 de febrero- y ya que en el año próximo se cumplirán cuarenta años del estreno de la película y en el siguiente cincuenta años de la publicación libro, dedico esta entrada a una de las novelas más controvertidas que la mente ha concebido.

Se podría afirmar que La Naranja Mecánica nos introduce literalmente en la mente de un psicópata obsesionado con el sufrimiento humano. El narrador de la historia, el propio Alex, se nos presenta como un adolescente que sólo se divierte observando el dolor de las personas que le rodean. Las fechorías descritas en la primera parte del libro y perpetradas por Alex y sus tres amigos, junto con las descripciones que hace de sus obsesiones, nos ayudan a entender la personalidad de este personaje tan controvertido. Los métodos dictatoriales que utiliza con sus compañeros de juergas para mantenerse como líder del grupo le llevarán a la cárcel por la traición de sus tres compinches. Su estancia en la cárcel se presenta como el final en la vida de nuestro amigo Alex, pero la intervención del párroco de la cárcel, que le protegerá y le intentará reinsertar en el buen camino por medio de la religión, supondrá su supervivencia.

El Juego de Ender vuelve a funcionar.


Hace años que Hollywood le tiene echado el ojo a El Juego de Ender, de Orson Scott Card, pero todo intento de adaptar la novela ha resultado infructuoso hasta la fecha para desgracia de los amantes de la ciencia ficción en general y de Ender en particular. La desgracia se torna en maldición cuando, para espanto general, L.A. Times anuncia hace un par de días que Gavin Hood, expendedor y fabricante de churros y porras como Expediente Anwar (2007) y X-Men Origins: Wolverine (2009), se va a encargar de la película y, herejía, ha retocado el guión que Scott Card ya había reescrito incontables veces desde los noventa. A pesar de todos estos malos presagios, una luz al final del túnel: la insistencia del escritor mormón en que jamás autorizaría una adaptación que vulnerase la esencia del libro. 

Rafael Marín publicaba en Artifex (Vol.18; Abril 1998) esta charla con Card, entrevista imprescindible para cualquier lector habitual de este prolífico y popular escritor, en la que podemos encontrar motivos para la esperanza de que la película respetará el espíritu de la obra original sin convertirla en un High School Space Musical, donde Ender acabe con el problema de que nunca le han besado en una escena final con baile de graduación, ponche de hormonas y la Hannah Montana de turno frotándole to lo negro -¿all black?-. Card desmiente tal posibilidad en la entrevista antes referida:

"Me han pedido que escriba el guión de la película cientos de veces en los últimos diez años. Pero siempre querían hacer que Ender tuviera dieciséis años, y se enamorara... No quise vender los derechos, no importaba cuánto me ofrecieran, a menos que fuera descrito como un niño de menos de doce años (...)". 


Justicia para Solaris.

Le ocurre a todo lector que, cuando se anuncia la adaptación de una novela que le ha marcado, espera, iluso, que esta vez no se la arruine un director visionario, un guionista desatado o un productor megalómano; este fenómeno es más fuerte en los seguidores de la ciencia ficción, que esperan ver plasmado en el espectacular formato cinematográfico un universo fantástico, el de la obra en cuestión, que hasta entonces sólo ha habitado en la imaginación de cada lector. Este género apela al sentido de la maravilla, al viaje fantástico a mundos inimaginables y ciencias ignotas, los cuales, una vez se ha conectado con ellos, ocupan nuestra mente y la obligan a implicarse en la creación, a dar forma al asombro. El cine de ciencia ficción cubre esa necesidad de representación de lo inverosímil gracias a la expresividad de los efectos especiales y siempre ha respondido más a este requisito que al de plasmar todos los matices de las novelas adaptadas. Éstas contienen muchas veces cuestiones filosóficas, psicológicas y científicas que no tienen traducción al lenguaje visual sin comprometer el metraje de la cinta más allá de lo aconsejado por el sentido común.

¿Evolución cognitiva o retorno a la caverna?

Cuenta Raffaele Simone en La Tercera Fase que nos encontramos en un periodo de transición en nuestra manera de entender las cosas, en la configuración del pensamiento. La prevalencia de los medios audiovisuales  respecto al texto es el motor del cambio en nuestra percepción. El lingüista italiano explica cómo la forma de asimilar información determina nuestro pensamiento y cómo, tras siglos de evolución en un sentido, nos desviamos hacia una costumbre abandonada discriminada hace mucho. Simone no toma partido, pero advierte que el cambio conlleva renuncias importantes para nuestra tradición cultural –el libro, entre otros, en peligro- y alude, de forma irónica, diría, al homo videns de Sartori, que en 1998 hablaba directamente de una involución cognitiva hacia la época del post-pensamiento –reíros, monos del futuro-. La Tercera Fase no nos habla de verdades absolutas, ni dibuja apocalipsis culturales, pero sí informa de la evidencia: hay una revolución en la manera de asimilar conocimiento que tiene consecuencias ya visibles, que reclama una revisión en la forma de educar ya desde la escuela, y un esfuerzo por parte de las instituciones en comprender que, de algún modo, se han quedado anticuadas.

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