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Falling Skies: nada nuevo bajo el ovni.


Hoy, solo unos días después de su estreno en EEUU, el canal TNT estrena en España la serie Falling Skies, producida por Spielberg y convenientemente anunciada al estilo viral que ahora tanto se lleva y que tan bien funciona para estos géneros, marcianos, zombies y tal. Una serie que, en su estreno hace cinco días, ha sido el evento más visto del año en la televisión por cable yanqui con 5,9 millones de espectadores, por 5,3 que tuvieron los decepcionantes muertos vivientes, por ejemplo. La campaña de publicidad se ha basado en una serie de eficaces teaser trailers –arriba- que inquietaban sin mostrar, sugiriendo a nuestra imaginación el terrible mundo al que amanecía la humanidad tras una invasión alienígena, contado todo por los más inocentes de nuestra raza cavernícola, los niños.


Está claro que la imaginación  es poderosa y resulta que, después de ver el primer capítulo, tras  una hora y media esperando toda la emoción y desenfreno que me vendieron, me quedo con lo que intuía en los tráilers, algo ya típico de Dreamworks. Es importante tener opiniones propias, pero si pudiera volver atrás ni me molestaría en ver esta serie. Si, como a mí, la firma de Spielberg como productor ejecutivo le hace albergar alguna esperanza, desista, ese aval ya no es una garantía de calidad, véase Transformers. Si le tira a usted la ciencia ficción y el tráiler de arriba le toca la fibra fantástica, olvídese, quédese con las promesas de ese vídeo promocional: será menos decepcionante y ganará usted una hora y media de vida que ahora me debe. Da igual, se la regalo, ya no me la debe. Tampoco se la recomendaré si es un adicto a las series y ni siquiera es usted exigente; seguro que puede revisar Urgencias u otra serie de hospitales, o cualquier culebrón al uso, donde podrá encontrar menos lugares comunes, situaciones más interesantes. Y fíjese en lo que le digo porque, ni aún cuando usted, posible espectador de Falling Skies hoy a las 22:15, fuese un enamorado de las rubias de tipo medio oeste, que abundan en este primer episodio siempre rifle en mano, pues ni aún así, decía, le recomiendo esta serie, ya que las encontrará mejores en esa categoría de series con rubias del medio oeste sosteniendo rifles.

Previsible hasta decir basta, la sucesión de situaciones que viven los personajes, atrapados en una realidad de survival horror alienígena, se puede anticipar escena a escena; las secuencias de acción salvan al resto, pero de eso no se puede vivir ni una temporada; los efectos resultan visualmente pobres, salvo en el cuerpo del alienígena que matan, secuencia en la que suponemos se fue todo el presupuesto y en la que además tenemos que sufrir una referencia a La chaqueta metálica lamentable por lo trascendente de aquella escena y lo banal y mal traída de esta.

La realidad de que no se puede juzgar la serie por el primer capítulo choca con la certeza de que difícilmente dará para mucho más, habida cuenta de que los esfuerzos por captar fieles se centran siempre en el episodio piloto. Seguir con ella dependerá, pues, de la fe que uno le ponga o del tiempo libre que se tenga este verano, allá nosotros. 

Crítica: Cisne Negro.

La última película de Darren Aronofski, Cisne Negro, se estrena en DVD en España el próximo 29 de Junio. Unos días antes, aprovecho para publicar la crítica que escribí para su estreno en cines, pero que he tenido en cuarentena a la espera del resultado del XIV Concurso de Crítico de Cine de Guía del Ocio. Quedó finalista, a esto -muy poco, lo sé- de ganar. Otra vez será. 

Crítica de Cisne Negro (2010, D. Aronofski).

Darren Aronofski pasó muy rápido de deslumbrante esperanza del cine del futuro a fiasco evidente del celuloide del presente: tres largometrajes necesitó su carrera para conocer todos los extremos de la hostigadora opinión de la crítica, a la cual somete su trabajo un creador. Si aún tras El Luchador quedaba sospecha para la crítica, Cisne Negro se encarga de confirmar que lo mejor para juzgar una carrera, como a cualquier otra cosa, es la mesura. El quinto largo de este realizador neoyorquino recoge lo mejor de lo apuntado en sus anteriores trabajos, sublimando en lujosa destilación todas las virtudes antes intuidas, enterrando sus defectos, quizá sólo pecados de niño malcriado, adivinamos ahora.

Las bofetadas enseñan, y Aronofski sepulta cualquier duda con esta joya inclasificable que es Cisne Negro, completando lo que ahora podríamos advertir como un análisis, continuo y transversal en su obra, de la mente atormentada. Su habilidad para sorprender a nuestros sentidos trabaja  esta vez al servicio de una narración impecable por ritmo y por capacidad para  atrapar al incauto espectador, pero sin apabullarlo, suavemente y con mucha clase, como Natalie Portman, que se deja la vida y quién sabe qué más en este papel con recompensa segura para su interpretación: la hará inmortal, como a su Nina en la película.

La anterior, El Luchador, era simétricamente opuesta a esta Cisne Negro. Ambos personajes, Randy y Nina, encuentran el ejercicio de su arte igualmente terapéutico. Hallan una disciplina que los encumbra y los serena, algo difícil de sentir cuando te pudres en una depresión, ya sea por la personalidad maníaca de ella o por la de él, tan permeable a lo mundano, tan perdedor. Los dos cuelgan de un hilo en esa lucha por sobrevivir camuflada de ambición profesional, y aunque Nina compita en lo más alto y su redención sea la de un yonqui  del éxito, y Randy se mate sólo por un puesto entre lo más sórdido de un star system en las alcantarillas de la cultura de extrarradio yanqui, los dos comparten una triste maldición; una en la que todos encontraremos la inquietante familiaridad del que se ha sentido un loco alguna vez.

Así, el director de las prometedoras Pi y Réquiem por un sueño, ya oficialmente rescatado para la honorable causa de hacer cine sin pasarse de listo, y recuperado su crédito tras perpetrar esa-peli-de-la-que-no-hablamos –lo diré una vez: The Fountain-, continúa y redondea con Natalie Portman lo que empezó con Mickey Rourke, terrible contraste el de esta pareja que no es casualidad si atendemos a lo dicho sobre la simétrica oposición de sus caracteres en este ensayo psicológico de sesión doble.

En ambas cintas encontraremos que Aronofski, como empeñado en demostrar una tesis, filmando su particular tratado de la psique, llega a conclusiones parecidas desde dos puntos de partida tan alejados como los gimnasios rezumantes de sudor y esteroides de la lucha libre y los camerinos de los ballets de prestigio a los que llegan flores cada día y en los que la coca es mejor, lugares antagónicos donde se cuecen dos historias análogas, escenarios tras los telones en los que el realizador de Brooklyn encuentra un factor común para la tragedia: las personas, todas igualmente vulnerables, defectuosas y geniales, se mire como se mire.







En el siguiente enlace, la crítica ganadora, de Irene Velasco, a la que felicitamos desde este blog por su trabajo y su merecido premio: 

http://www.guiadelocio.com/cine/archivo-peliculas/cisne-negro/criticas/critica-ganadora-del-concurso-quieres-ser-critico-de-cine

También quiero dar las gracias a Guía del Ocio y al jurado por seleccionar esta crítica y por darme de merendar aquella tarde, y obviamente, por las entradas que usaré para ir al cine de gorra este verano, aunque pinte tan mal la cartelera...

Catfish: un acto de fe.

         

Todos los días nos exigen actos de fe. A todos. Ya sean para creernos nuestra propia vida o para no despreciar la de los demás. Pequeños ejercicios de voluntad que nos ayudan a continuar sin hacernos demasiadas preguntas demasiado peligrosas para ser contestadas. No vaya a ser que la verdad desmonte el endeble tinglado de nuestra propia salud mental; que no nos permita continuar.

Esta práctica no tiene buena prensa hoy. El incrédulo laicismo de la ciencia hace que, cada vez más, tendamos a un empirismo en apariencia sano para la mente, pero tan desalentador a veces, tan poco romántico, que la sensación de deshumanización nos persigue a muchos un par de cuadras por detrás.

No es este un alegato religioso. No es, tranquilos, lectores, el escrito de un iluminado tras una mística epifanía. Es un canto a la fe en las personas, a nuestras tantas veces despreciados semejantes. A la capacidad que aún tiene la realidad de sorprendernos, de horrorizarnos, de epatar, después de todo.

Y lo que aquí nos pide Catfish, hermanos, es un pequeño acto de fe. Igual que el que aparentemente tiene el protagonista en la película. Él no comprueba muchas de las cosas que ocurren mientras mantiene una bonita e inocente relación con Abby, la pequeña pintora, y su familia a través de Facebook. Sólo una eternidad después comienza a vislumbrar la lamentable realidad.

Los que acusan de falso a este documental –muchos- apelan a la, dicen, poco creíble ingenuidad inicial de los creadores.  Que un joven moderno y capaz, formado en comunicación y crecido entre googles y redes de contacto no compruebe, paranoico, ciertas pistas antes de mantener una relación online durante meses, es para ellos prueba de la falsedad del documento como tal.

Los autores siguen defendiendo la veracidad del filme. Cuentan en esta entrevista que el humorista Zach Galifianakis, que recordaréis por fumar hierba en un plató de TV hace muy poco, se negaba a creer la autenticidad de la cinta. “Zach, gracias”, dice Ariel Schulman, uno de los cineastas, “tu opinión nos convierte a Henry y a mí en los mejores guionistas de Hollywood y a Nev (Yaniv Schulman) en el mejor actor desde Marlon Brando”. Estoy de acuerdo, si todo es mentira, estos tíos son la hostia.

En contra de los que proponen la psicosis como rasgo común de nuestra raza, yo he decidido que esos argumentos tienen tanta vigencia como otros, por ejemplo, que dicen que muchas veces bajamos la guardia simplemente porque nos apetece. Creer en algo no significa ser un ingenuo o un idiota. Solamente hacen falta ganas. Si  Nev no se hace preguntas sobre su relación con Abby, Megan o Angela, no me sorprende. Si yo decido creer que este documental es real no me siento tonto. Encuentro tantos motivos para sospechar en la perfecta factura de la cinta y en la increíble historia que cuenta, como razones para creer que es cierto, que lo que veo es así, tan terrible, tan humano, tan triste como nos lo muestra Catfish. A vosotros ahora os queda decidir si os lo creéis o no. Una cuestión de fe. 

P.D.: Catfish no ha tenido apenas distribución fuera de EEUU aún. Aquí podéis consultar su Box Office y aquí su ficha en Rotten Tomatoes. Antes de leer ningún espoiler, os recomiendo que la veáis y juzguéis vosotros mismos; no deja indiferente, y eso es todo un valor hoy.

Corto "Sí o No" (incluye manual de instrucciones).

Me dicen que este corto ha circulado bastante por las redes sociales desde que fue publicado en la página de Notodofilmfest. Yo no lo conocía porque tengo el mal gusto de no hacerle ni caso a esa Babilonia de interconexiones que es Facebook y porque escribir en los ratos libres hace que uno llegue a dejar de leer a los demás, hecho este que últimamente intento compensar durmiendo aún menos. Digo esto porque a lo mejor la presente entrada ha nacido muerta y ya no hace falta ninguna explicación sobre el micrometraje que nos ocupa. Si este fuera el caso, que el siguiente post/manual sirva al menos como reflexión sobre ciertas maneras de llegar al espectador.

Un consejo: seguid los pasos y no saquéis conclusiones hasta el final...


Paso 1

Ver el corto.

Sí o No, de Isabel Poveda, participa en la novena edición del Notodofilmfest, y, aunque no está entre las finalistas, sí ha gozado de la atención del público. Es la segunda película más vista de esta edición, sólo por detrás de Porno, que blande un título, una temática y unos personajes a priori mucho más interesantes para el internauta medio que, siempre alerta, peina la red en busca de  renovar el a todas luces exiguo catálogo mundial de tetas. Como para eso existen más apropiados foros, y sin desmerecer a Porno sin haberla visto, vamos a ver un corto que habla de un asunto polémico; una irresistible invitación al pronunciamiento de los más exaltados. Pasen y vean:



Valor de Ley: pues no era un remake...

Los hermanos Coen llevan tiempo buscándose. Una década, más o menos, desde que estrenaron El gran Lebowski hasta esta Valor de Ley. Por el camino quedan varias películas que llevan aún el sello original y único de este realizador bicéfalo pero que, acumuladas, componen una etapa distinta a la que El Nota ponía fin en el cambio de siglo, una fase en la que se percibe un declive franco si comparamos su producción con el valor incalculable de las películas que los Coen firmaron en el primer decenio de su carrera. Un periodo, el actual, con algún momento bueno, como No es país para viejos o El  hombre que nunca estuvo allí, y con bastantes obras menores para lo que cabría esperar de ellos. Este panorama no invita al entusiasmo cuando uno se entera de que lo próximo es un remake de nada menos que uno de mis westerns favoritos. ¿Por qué? La eterna pregunta cuando uno ve atacada alguna gran película aparece esta vez incendiada por el amor a una cinta clásica, de las que te acuerdas desde pequeño,  lo que impide que el agraviado –yo- sea objetivo juzgando la nueva versión ante el terror de la querida película de la infancia, ahora mancillada por la misma industria que perpetra Tron Legacy y otros demonios. Para escapar de esta percepción, los muy listos de los Coen se hacen los tontos y remiten su cinta a la novela de Charles Portis, declarando siempre que ni se han fijado en la brillante primera adaptación, de Henry Hathaway. Veamos.

Las sensaciones son contradictorias tras ver la película. Lo acepto, no es un remake al uso. El protagonismo es aquí para los personajes por encima de todo, ya sea con los grandes diálogos y actuaciones, como con el desfile de caracteres de la época, con un uso frecuente de elipsis enormes que saltan toda la mierda del camino que se le supone al género para presentarnos a los protagonistas en distintos episodios de una historia que explica la construcción de la relación de la pequeña, vengativa, adorable e inquietante Mattie Ross con el borracho, sociópata, inmoral, defensor de la ley Rooster Cogburn. La épica del viaje desaparece y cada secuencia nos lleva al siguiente capítulo, con un estilo episódico más propio del cuento infantil que de una del Oeste. La caracterización, abrumadora, contribuye al halo de fábula, y la música de Carter Burwell, inexplicablemente ignorado por la Academia, acompaña al espectador en la inmersión en este Oeste de los Coen que se vuelve hipnótico, sublimado por la fotografía de un Roger Deakins que ha demostrado ser el mejor ojo para ver esa América a veces sucia, dura, implacable, a veces fértil, bella y salvaje en películas como Fargo, O`Brother, No es país para viejos, El asesinato de Jesse James


127 Horas: montaña hueca.

No he leído Between a Rock and a Hard Place, el libro en que se basa la película, y en el que Aron Ralston cuenta la experiencia que vivió en 2003 en el Blue John Canyon, el lugar en el que este montañista norteamericano se arrancó el brazo para poder escapar de su prisión de roca, de una muerte segura.  Sí recuerdo el hecho por lo impactante de la noticia, pero mi memoria le entrega el espacio que merece: el de un titular. Si hubiera leído el libro seguramente no sería así, y habría conocido la tragedia de un hombre cuando se enfrenta a la certeza de la propia muerte en una cuenta atrás sostenida por el contenido de su cantimplora. Danny Boyle sí debió leer el libro y se lanzó a producir un largometraje con la historia de Ralston. El caso es que si leyó el texto dio igual, porque el oscarizado director sólo araña la superficie de este drama con su película 127 Horas. Como mi recuerdo de la noticia del 2003, este filme me deja en la cabeza sólo un titular. Se acaba y no he vivido la experiencia terrible del protagonista, sólo he sido un testigo de lujo en su mutilación, a la que el realizador nos dirige se diría que con prisa, fumándose la mitad invisible de la historia, la parte humana, a base de su habitual sugestión visual.  Como si Danny Boyle, igual que yo, sólo recordase de la historia el impactante titular de la noticia, su cinta sirve al único y condenable propósito de hacer sentir al espectador cómo es cortarse un brazo prácticamente a bocaos.


Para terminar el año ¿torturamos a Ryan Reynolds?


El entierro en vida es una de las pesadillas más horribles que se puede imaginar la mente humana. ¿Cómo trasladar esta experiencia a una pantalla de cine? Seguramente esta sea la idea germinal de esta película. Un contratista civil estadounidense, Paul Conroy, es secuestrado en Irak y enterrado vivo para solicitarle dinero como rescate. Este planteamiento poco original como idea central para el guión se convierte en punto de partida de un thriller muy entretenido que plantea la siguiente discusión: experimento cinematográfico o cinta convencional. Un claro antecedente, desarrollo de la acción en un solo escenario claustrofóbico tanto para los personajes como para el espectador, es Náufragos de Alfred Hitchcock. Se podrían comparar estas dos películas aunque Buried lleve al extremo el aislamiento del personaje principal al solo permitirle el contacto exterior por medio de un teléfono móvil. Lo que sí me atrevo a afirmar es que la calidad de la cinta la ha convertido en una de las más gratas sorpresas de este año 2010.


El Americano: redención.

Un hombre puede definirse por su trabajo. Hay trabajos que permiten la desconexión –una vida- y otros  que exigirán siempre dedicación total –qué vida-. Un hombre puede, también, ser prisionero de su trabajo. Hay hombres que se dedicarán por entero a lo suyo buscando la perfección o un refugio; otros lo harán por todo eso y por cojones. Jack tiene un trabajo de los de por cojones. Desde luego es peligroso: obliga a Jack a manejarse al margen de la ley y lo mantiene a merced de otros lobos como él. Como es muy profesional, Jack antepone su trabajo a todo desde hace mucho. Es eficaz e implacable, luego solitario.

No sabremos más de él que lo que adivinamos viéndole huir de una trampa con frialdad asesina.  Su retiro en la nieve ya no es seguro y viajará a los Abruzos italianos por consejo de ese contacto del Este que todo tipo como Jack necesita para recibir encargos, para seguir siendo real. Entonces nos subimos en su coche y le acompañamos a su nuevo cubil. Llega a un pueblecito de montaña donde ocupa una casa discreta. Él, desde luego, es un caballero muy reservado, como anuncia el título de la novela de Martin Booth en que se basa la cinta, y esto se lo demanda su profesión. Pero algo ha cambiado en Jack. Su mafioso contacto se lo advierte: “No hagas amigos Jack, antes no fallabas”.

Revisiones necesarias de ayer y hoy: The Matrix.

"Wake up, Neo". Eso le pide al héroe de la película una pantalla de ordenador  por lo demás negra, al comenzar el filme. Wake up es el  tema de los incendiarios Rage Against the Machine que cierra The Matrix, la película con la que los Wachowski amanecieron al mundo y crearon un sello, un culto. El mensaje tiene lo suyo, porque anima a despertar a la generación a la que esta cinta pertenece, la que sucede a la  lamentablemente bautizada como Generación X, que cargó con la etiqueta de pasota pero en cuyo seno han debido criarse los padres de los actuales cambios. El declive de las potencias dominantes, la globalización y la entonces incipiente pero ya obvia revolución digital, con el impacto a nivel cultural que aún hoy no alcanzamos a comprender, insinúan un orden diferente, aunque todavía bien controlado por los oligarcas o quizá a las máquinas, si atendemos a la mitología de la cinta.

Wake up, por tanto, parece ser el mensaje que nos quiere transmitir esta película, obvio hasta para el más refractario espectador, obsérvese  la repetición de la frase en la cinta. Por si acaso, el discurso final de Neo nos lo aclara más, llamando a la rebelión a quien le escuche por su línea telefónica maestra –es el elegido- al estilo del rebelde futurista por definición, John Connor –“Si escucháis esto, sois La Resistencia”-, a no ser que Connor sea el que imita a Neo; qué lío viajar en el tiempo.  La cinta se esfuerza tanto en aclarar que pretende ser metáfora del mundo real y su insistencia en ello es tal y tan explícita que resulta insultante para cualquiera habituado a ver cine o a leer, aunque se asuma necesaria para que la capten el espectador medio norteamericano, muchas víctimas de la E.S.O. y mi tortuga.

Las Vidas Posibles de Mr. Nobody: compleja frivolidad.


Si uno se sorprende a sí mismo buscando sinónimos de pretencioso y antónimos de trascendente a mitad de una película la cosa ya no tiene solución; mirar al techo o comentar la lista de la compra con la amiga son otros síntomas y las primeras señales de lo mismo. Las Vidas Posibles de Mr. Nobody  consiguió en mí estos efectos a los cuarenta minutos, más o menos, tras aclararme que la cosa iba a seguir por ahí, por donde iba.

Nemo Nobody, así de pedante es el nombre del protagonista, revive sus posibles vidas desde un futuro en que él es el último mortal o las prevé desde un pasado en que es un niño ante su primera decisión trascendente. Créanme, da igual. Esa decisión de infancia abrirá múltiples caminos posibles en el futuro y su yo centenario parecerá recordar cada probable versión de su vida pasada. Si te vas con mamá en el tren la cosa será así y si te quedas con papá en el andén será asá.

  

...Y hoy, ración de delfín.

The Cove
¡Camarero! ¡Qué! ¡Una de delfín! Esto cantaría Reina, portero del Liverpool, speaker de la selección, si hubiera ganado el Mundial para Japón y él fuese originario de Taiji, distrito Higashimuro, provincia de Wakayama. Esta es una de las ciudades costeras japonesas que dependen y se alimentan de cetáceos y donde, precisamente, discurre el documental The Cove (2009), reciente ganador del Óscar a Mejor Documental. Esta cinta nos narra un hecho que el mundo occidental tiende a observar horrorizado, la matanza anual de delfines, pero que en algunas zonas de Japón es una tradición que sostiene ciertas economías locales y algunas costumbres gastronómicas.

The Cove está rodado y pensado para lograr despertar las conciencias a nivel global acerca de la captura masiva de delfines con fines comerciales, pero también intenta, sin miramientos, apelar a los sentimientos de los espectadores. Para ello se sirve de recursos típicos de la propaganda y la información sensacionalista, tan de moda en las televisiones de divulgación científica de receta yanqui, lo que llamaremos divulgación al estilo Discovery Channel. La cinematografización de la realidad, el abuso de técnicas que magnifiquen lo que se narra, como la creación de situaciones de supuesto riesgo para el equipo que rueda, el montaje manipulador de estas escenas o  la inclusión de música propia de thrillers o pelis de acción son ingredientes habituales en el modus operandi de estos divulgadores, muchos más cercanos a los deportes extremos que a la ciencia en sí misma, y que terminan logrando productos que podrían ser tristemente ubicados en la categoría de falso documental si no supiéramos que lo que nos cuentan es real, por mucho que se empeñen en disfrazarlo de producción de Jerry Bruckheimer. No dudamos de la eficacia populista de este estilo, sobre todo teniendo en cuenta la obtusa mente media del medio espectador norteamericano, pero es inevitable señalar que en estos casos la credibilidad debiera ser directamente proporcional a la seriedad del tratamiento, acorde a la importancia de lo que se transmite.

Machete pincha en hueso.

Robert Rodríguez nos ha enseñado ya muchas veces cual va a ser su aportación al cine; sus trabajos más personales revelan su irrefrenable tendencia al homenaje y culto de la mitología del cine exploitation o grindhouse, lo que quiere decir cine que abusa sin complejos de la explotación morbosa en los temas que trata, generalmente de carácter populista que, expuestos con visión sensacionalista, suelen pretender la reflexión del público sin prestar atención a la calidad técnica y artística; lo que se dice cine de Serie B moderno, vamos. Las premisas básicas no escritas de este estilo cinematográfico, de hecho, parecen promover el abuso pornográfico de la violencia, el sexo y demás tabúes en general y ahí es donde Robert Rodríguez se lo pasa teta:  Abierto Hasta el Amanecer, Planet Terror y, ahora, Machete, son ejemplos de su reverencia hacia esa estética cochambrosa y de un trabajo personal dedicado a la conformación de un subgénero propio, una especie de metacine que nos cuenta en 2010 cómo es el cine setentaochentero que le gustaba tanto a Rodríguez, que nos lo muestra tal como era sin pretender actualizarlo, conservando como marcadores de género la cutrez y la falta de complicaciones discursivas, ahora convertidos en premisa y único propósito de la cinta,  y recreándose en lo gratuito e improvisado de aquel cine loco de sexo, zombies -Romero- o negros cabreados -Shaft-. 

¡Lapidus!
Machete es una película que insiste en ese homenaje a la serie B de los setenta y ochenta respetando todas sus disfunciones, que aquí son virtudes, y nos presenta, como en un cómic, a un personaje atormentado, injustamente perseguido, violento pero de buen corazón y con valores sencillos que, créanme, difundirá con asesina sencillez. Identificado nuestro héroe, una sucesión de situaciones en las que su brutalidad para matar y su hombría para montar hembras que inexplicablemente se le derriten encima, se alterna en montaje paralelo hasta el final y sin sentido alguno; esto es lo que el director pretende y le sale perfecto, es muy divertido el sinsentido típico de aquellos filmes a los que alude Rodríguez, y, como en Planet Terror, el dominio de la exhibición gratuita de casquería y testosterona con salsa de circo de los monstruos, retiene entretenido al espectador acostumbrado o simplemente prevenido, mientras que las escenas que se suceden son vistas como gags independientes de la misma gamberrada.

Justicia para Solaris.

Le ocurre a todo lector que, cuando se anuncia la adaptación de una novela que le ha marcado, espera, iluso, que esta vez no se la arruine un director visionario, un guionista desatado o un productor megalómano; este fenómeno es más fuerte en los seguidores de la ciencia ficción, que esperan ver plasmado en el espectacular formato cinematográfico un universo fantástico, el de la obra en cuestión, que hasta entonces sólo ha habitado en la imaginación de cada lector. Este género apela al sentido de la maravilla, al viaje fantástico a mundos inimaginables y ciencias ignotas, los cuales, una vez se ha conectado con ellos, ocupan nuestra mente y la obligan a implicarse en la creación, a dar forma al asombro. El cine de ciencia ficción cubre esa necesidad de representación de lo inverosímil gracias a la expresividad de los efectos especiales y siempre ha respondido más a este requisito que al de plasmar todos los matices de las novelas adaptadas. Éstas contienen muchas veces cuestiones filosóficas, psicológicas y científicas que no tienen traducción al lenguaje visual sin comprometer el metraje de la cinta más allá de lo aconsejado por el sentido común.

Origen: un viaje a la mente de Nolan.

El parásito más resistente no tiene forma corpórea. Las ideas se instalan en la mente y es casi imposible deshacerse de ellas, así nuestra realidad se construye desde la percepción y el raciocinio. Esto lo sabe bien Dom Cobb, extractor de ideas, detective del pensamiento. También sabe que las ideas tienen un origen, una sensación, una señal, que fecunda el  germen de la razón y  engendra una nueva convicción. Cristopher Nolan es un director de fuertes convicciones, desde luego, y así  lo demuestra en sus películas –siete hasta el momento-, en las que repite una fórmula narrativa de, digamos, estructura coital: una fase preliminar sin prisa –y sin pausa-, incluso morosa, para lubricar dejando preparado el siguiente acto, seguida de una etapa frenética, de constante aumento entrópico, que termina reclamando cierto grado de fortaleza cardiovascular.

Los principios deontológicos del director británico exigen sacrificios a los ejecutivos del mercadeo: el metraje se dispara, esta vez a dos horas y media, y el autor no regala ni una explicación de más en la historia, que demanda la implicación total del espectador para captar el entramado, pero sin pedir que haga concesiones, salvo las mínimas necesarias para aceptar las reglas del juego onírico-tecnológico que se le plantean. El éxito de crítica y aceptación de las obras anteriores de Nolan desmiente los prejuicios habituales de las productoras y fulmina esos estudios de mercado que deben decir que somos idiotas y queremos todo masticado. La experiencia en Origen vuelve a ser satisfactoria, absorbente y perdurable.


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